articulaciones

werner Horvath

LO SINIESTRO EN EL NOVENO ARTE

Por Pablo Nieto*

El psicoanálisis de obras de ficción puede resultar, si el material presenta ciertas condiciones, una tarea ilustrativa y didáctica. Consideramos que la viñeta reseñada a continuación satisface y excede tales condiciones.


El japonés Kuroo Hazama, apodado Black Jack, es un cirujano de oficio. No está titulado y, por ello, ejerce la medicina de manera ilegal. No obstante tal circunstancia, se le reputa la cosa más cercana a un dios del bisturí. Cobra millones de yenes por salvar una vida, aunque logra esto en situaciones en que los demás profesionales consideran perdida toda esperanza. No obstante lo increíblemente elevados que suelen ser sus honorarios, Black Jack guía su accionar por una sólida ética que con mucha frecuencia lo lleva a salvar a sujetos que jamás podrían pagar un céntimo de lo que cuestan sus servicios.
 
En cierta ocasión llega a su consulta un colega cirujano que le presenta un caso para el que no encuentra solución. La patología es severa: una joven de diecisiete años, presumiblemente importante o famosa ya que protege su identidad con una máscara de  rostro completo, presenta en su vientre un quiste de proporciones enormes. El cuadro se agrava si se considera que la gigantesca protuberancia no es otra cosa que la hermana gemela de la joven. Es otro ser humano que, por una malformación congénita, lleva transcurridos sus diecisiete años de vida en una suerte de bolsa amniótica contenida en el vientre de la hermana "sana". Esta patología recibe la denominación de quiste teratógeno.
 
Black Jack, indignado, pregunta a su colega la razón de no haber intervenido mucho antes en un caso tan grave. A cambio, recibe una misteriosa y oscura explicación: cada vez que, mediante la utilización del bisturí, se disponían a extraer el quiste, se escuchaba una voz proveniente del interior del mismo, que clamaba a gritos: ¡No me cortes! ¡No me cortes!
 
Considerablemente escéptico respecto a estos hechos extraordinarios que le refieren, Black Jack se decide a operar a la joven y extraerle el quiste. Prepara la operación y toma el bisturí, sólo para, en el momento mismo en que se dispone a trabajar, oír claramente aquella voz de cuya existencia había descreído: ¡No me cortes! ¡No me cortes! Luego de recuperarse y volver a sus cabales, explica al quiste, o más exactamente a la muchacha que vive dentro de él y que le está gritando, que no desea matarla, y que luego de extraerla -recordemos que ella no es otra cosa que un organismo deforme y disgregado por completo- la sumergirá en un caldo de cultivo para que no muera. Así, los gritos cesan y la operación es un éxito: la patología ha sido extirpada y su contenido -una muchacha de diecisiete años que no es otra cosa que un cúmulo de órganos, miembros y tejidos diversos desconectados entre sí y lejos de alcanzar forma humana- es puesto en el caldo de cultivo a fin de que no muera; ello no obstante, cuando el médico que había derivado el caso ve el caldo de cultivo, lo considera al punto una aberración y exige a Black Jack que destruya a la gemela malformada recientemente extraída. Black Jack se niega y, en una noche clave y luego de cierta indecisión, resuelve dar un cuerpo al desarmado organismo. Con extremo cuidado, coloca los órganos, nervios, músculos, huesos, y todo lo que de la muchacha hay en un armazón sintético con forma humana. Luego -inferimos, ya que esto no se explicita en la obra- efectúa algunos retoques estéticos, y nace así Pinoko, por fin en un cuerpo independiente que acaso apenas sobrepase el metro de altura, no obstante tener diecisiete años. Cuando Black Jack, un año después, presenta la pequeña Pinoko a su hermana, a la "normal", a la que la portara durante toda su vida, ésta reacciona de manera contundente: detesta a la muchachita y no quiera verla nunca más; indignada, parte al instante, para no regresar jamás. Black Jack queda entonces con la pequeña, que a partir de entonces será la dulce Pinoko, una simpática muchacha del tamaño y apariencia de una niña de unos seis años, cuya semblanza infantil en modo alguno insinúa su verdadero origen y real edad. (1)

  Probablemente el lector se esté preguntando, a estas alturas, la procedencia de tan oscura y, empero, siniestra historia. No se trata de un cuento, ni de una novela ni de una película. El capítulo que presentamos de Black Jack es el tercero de una historieta que abarca un total de doscientos cuarenta y cuatro episodios. El autor es el japonés Osamu Tezuka (1928-1989), figura máxima del noveno arte nipón y acaso el autor más renombrado en la historia universal de la animación y la historieta. Su popularidad en occidente ha venido de la mano de obras como Tetsuwan-Atom, más conocida como Astroboy, y otras como Janguru no Taitei, El rey de la selva, cuya impronta no pocos han creído encontrar en la famosa película de Disney titulada El rey león.
 
Es posible que el lector esté concluyendo, a estas alturas, que Tezuka intentaba, con un personaje como el cirujano Black Jack, fantasearse a sí mismo en la piel de un doctor, desatendiendo deliberadamente la necesidad de moderar su imaginación al inventar historias en un dominio tan delicado. La realidad, sin embargo, no puede ser más contundente: Tezuka era, de hecho, médico, graduado en la Universidad de Osaka. Antes bien, sería plausible suponer -como otros ya se han encargado de conjeturar- que con Black Jack, su última obra maestra, el genio buscara más o menos expresamente conciliar sus dos grandes inclinaciones, la historieta y la medicina.
 
Ahora bien: al acercarnos a las obras de los más grandes artistas, no podemos menos que constatar con qué frecuencia éstas se nos revelan impresionantemente saturadas de verdades psicoanalíticas. Una segunda mirada sobre esta historia, usando esta vez el prisma que nos legaran Sigmund Freud y Jacques Lacan, nos lleva a reconocer en este capítulo de Black Jack una metafórica puesta en escena, magníficamente lograda, de aquella operación psíquica estructural que se ha dado en llamar estadio del espejo.

¿Qué encontramos de irreductible, a nivel teórico, en este nuevo acto psíquico? Paradigmáticamente, un sujeto, un Otro, una imagen especular, y una identificación con dicha imagen especular. No por ello, sin embargo, deja de descansar esta operación en un real que, quizás apenas encriptado en el esquema l que elaborara Lacan, yace velado y, precisamente, siniestro, a la identificación especular imaginaria que el estadio del espejo hace posible. En la viñeta que analizamos, le tocará a Black Jack decir algo sobre este real.

Sabemos que el yo del sujeto se constituye a partir de la identificación con su imagen especular, identificación posibilitada y sancionada por el Otro del lenguaje. El yo es, pues, el logro estructural del estadio del espejo. En la historieta que analizamos, este logro estructural es la simpática Pinoko, la niña que llegó al mundo con diecisiete años de edad. Dejamos de tener un aberrante caldo de cultivo lleno de partes empero parciales -en las que reconocemos el primer efecto del significante- para tener a Pinoko. Hay un otro allí, en el espejo: la muchachita simpática; y un otro aquí, más cerca: Pinoko, su yo. Pensará entonces ella: yo, Pinoko. ¿Quién lo dice? El Otro del lenguaje, el Otro de la Ley, Black Jack, sujeto supuesto saber y as del bisturí, cirujano único en el mundo que si algo sabe mejor que nadie es lo que hay en el interior de las personas. El quiste teratógeno queda circunscrito al lugar del sujeto en tanto allí lo ubican las coordenadas simbólicas que esta singular historieta nos presenta. Pero, ¿qué ha sido de lo real subyacente al quiste, qué ha sido de su contenido? Es exactamente eso lo que ha quedado por fuera. Pasó a estar velado o, lo que es lo mismo, a la espera de que el trauma corra las cortinas de lo imaginario, denuncie a lo simbólico en falla, y revele aquello que siempre es más tranquilizador mantener sepultado. Pinoko, la niña, es entonces lo que Black Jack predica sobre lo real del quiste teratógeno, es decir, sobre su contenido. Pinoko es el resultado del nuevo acto psíquico que esta viñeta metaforiza. Incluso la idea de un armazón sintético -es decir, artificial- uniendo las partes de un organismo trozado presenta claras resonancias lacanianas, en cuanto recordamos que el yo no es otra cosa que una construcción artificial que, como segundo efecto del significante, integra nuevamente los trozos en que el baño mítico de lenguaje, con su efecto de cizalla, parcelara al viviente. A continuación presentamos estas conclusiones en los términos del esquema l:

Antes de dar cierre a este trabajo, haremos una serie de comentarios finales, no sobre Pinoko, sino en torno a su, no gratuitamente, poco fraterna hermana. A tal efecto, podríamos comenzar por preguntarnos por qué la misma nada quiere saber sobre su par gemela... Con lo que advertimos, en el acto, que hemos dado con la piedra de toque del psicoanálisis. Si ella no quiere saber nada sobre este quiste del que está, en el más pleno sentido de la palabra, embarazada, (2) es porque el Otro nada puede decirle de ello; el Otro no tiene el saber sobre la procreación, ergo, el Otro está en falta.

Esta joven da todos los indicios de intuirlo, y sintiendo la cercanía del agujero que no desea verdaderamente ver, recurre a un sujeto supuesto saber, al mejor cirujano del mundo entero. Él tendría quizá un saber sobre aquello de lo que ella se ha embarazado; y, sino, cuando menos podría librarla de tan poco grato enigma. Ella, como Dora, se para desde el lado hombre, pero no para contestar a la pregunta sobre la mujer sino a la pregunta sobre la procreación, marca característica de la neurosis obsesiva.

Ella intenta, situándose desde el lado-Black Jack, abordar lo real de su quiste teratógeno. (3) Pero esta conjetura no parece satisfacernos del todo: falta todavía un componente. ¿Dónde encontramos, en esta estructura, al eje imaginario tan típicamente amenazado en estas situaciones? No parece, de momento, posible encontrar indicaciones precisas al respecto, o cuando menos no tan precisas como las que encontramos para entender el caso de Pinoko... Pero, con todo, el hecho de que su enfermedad misma no sea otra cosa que su hermana gemela, su igual, su doble, no parece ser casualidad. Tampoco se nos antoja mero azar la presencia de la máscara, cuya función tenga probablemente menos que ver con ocultar su identidad que con obturar su vista, salvaguardando el orden imaginario y ahorrándole la percepción del quiste del que se ha embarazado que, de manera directa, remite a la pregunta por la procreación, sobre la cual el Otro no posee saber alguno.

NOTAS:
(1) Para la realización del presente artículo nos hemos basado en la siguiente edición de esta historieta: Tezuka, O. (1973) Black Jack. Volumen 1, capítulo 3. Barcelona: Glénat, 1998.
(2) Cf. Godoy, C. El síntoma obsesivo: un pensamiento que embaraza el alma. En Mazzuca, R. y otros (2002) Cizalla del cuerpo y del alma. La neurosis de Freud a Lacan. Buenos Aires: Berggasse 19, 2004.
(3) Un real que ni siquiera Black Jack puede abordar sin más ni más: recordemos que él también escucha la exclamación "¡No me cortes!", exclamación que le anuncia la cercanía del agujero, la inminencia del objeto (a). Si Black Jack puede llevar a cabo satisfactoriamente la operación es porque escucha y atiende a este aviso, que, por lo demás, tanto nos recuerda a las siempre oportunas advertencias lanzadas por el coro en el teatro griego. Tampoco parece casualidad que precisamente un narcótico, a saber, la anestesia que Black Jack aplica a la gemela contenida en el quiste, haya tenido el valor de una condición sine qua non para que ambos -Black Jack y la gemela del quiste- pudieran atravesar airosamente lo real de tan penosa intervención quirúrgica.


* Escritor, ensayista.
nietopablo@yahoo.com