Relato Zen
“Un samurai, guerrero de la época medieval japonesa, se presentó delante del maestro Zen Iacuín y le preguntó:
¿Existen realmente el infierno y el paraíso?
Respuesta del Maestro:
– ¿Quién eres tú?
– Soy el samurai.
– Tú un guerrero! –exclamó Iacuín- pero mírate bien, ¿qué señor va a querer tenerte a su servicio?, pareces un mendigo.
La cólera se apoderó del samurai, aferró su sable y lo desenvainó. Iacuín continuó:
– Ah!, incluso tienes un sable, pero seguramente eres demasiado torpe para cortarme la cabeza.
Fuera de sí, el samurai levantó su sable dispuesto a golpear al Maestro. En ese momento, éste le dijo:
– Aquí se abren las puertas del infierno.
Sorprendido por la seguridad tranquila del monje, el samurai envainó el sable y se inclinó respetuosamente.
– Aquí, se abren las puertas del paraíso”.
(Extraído de “Las intervenciones del analista” de Isidoro Vegh, Acme-Agalma Editorial, 1997, pág. 69).
1- ¿Por qué traerles este relato?
Me parece que ilustra y además transmite no una respuesta sino que pone en acto en lo real de la escena, el límite mismo que constituye la pregunta del sujeto. Y en esto, la clínica psicoanalítica iguala la apuesta del ejemplo Zen. El analista, tal como el Maestro, no va a responder desde su saber académico un interrogante que le sea dirigido, sino que podrá –y en ello reside su arte- guiar al partenaire al borde mismo en que su saber fracasa, denunciando que un más allá de la frontera del saber, está pronto a irrumpir. No es sin la presencia del analista y la puesta en forma de su función, que puedan empezar a delimitarse algunas primeras cuestiones que hagan pregunta al sujeto.
En ese momento crucial del diálogo analítico: el saber-hacer del analista con lo “mórbido” y la capacidad de respuesta del sujeto a la transferencia, deciden la continuidad de la experiencia. Allí, se abre una puerta.
Por ello, como dice Lacan en el S. XI, el psicoanálisis no es una terapéutica como las demás; si hay algo que la diferencia es el modo de tratar lo real –lo traumático y sus destinos- por lo simbólico. Alguien puede querer no traspasar el umbral, alguien puede decidir no pagar el precio de ese jalón que lo conduce hacia lo ignoto y muchas veces temido.
2- ¿Qué decide a alguien a una consulta?
Múltiples inicios pero un nódulo común: “Algo” cambió en su metabolismo de goce, que hace que el modo de satisfacción de un humano en un momento de su vida, ya no sea el mismo. “Algo” que traza una diferencia, algo que denota una corte temporal, marcador de la vida y que –si las cosas andan bien- el análisis propiciará su historización. Por supuesto no sin que se traspasen las puertas del infierno: al decir freudiano “recorrer el doloroso camino de la transferencia”.
La clínica freudiana nos advierte que si bien la inhibición, la angustia o la posibilidad de construcción de un síntoma pueden servir de entrada, ésta tríada puede faltar. Del discurrir por los senderos de la indiferencia, del sufrimiento, de las actuaciones, del pánico, del amor y del odio –entre otros- dependerá o no la constitución de la transferencia y el inicio de la cura; que para el maestro vienés, tiene dos motores: la transferencia y “una porción” de padecer. Condiciones éstas que estarán soportadas desde la ética del psicoanalista: suspender su goce para no ceder en su deseo.
3 - ¿Cuándo se inicia el análisis?
Tiempo de entrevistas, que liminaris, circunscriben un tiempo de umbral, tiempo de posible pasaje a otra dimensión del tiempo y espacio psíquicos. Estas categorías necesariamente son conmovidas frente a la localización de lo eternamente idéntico, a la mismidad reencontrada en el sufrimiento del humano. Acontecimientos cuya repetición inscribe una diferencia que golpea desde siempre y no se deja asir.
Tiempo preliminar de localización de goces, tiempo de ensayo, de puesta a prueba por la transferencia. Transferencia de qué? Transferencia no sólo de saber sino y fundamentalmente del “objeto”. Tiempo privilegiado del analista en escuchar y contear las modalidades en que ese ser que “le” habla, desea, goza y sufre con sus objetos de deseo, objetos de amor y de goce. Asistir a los momentos de constitución de las modalidades del amor y por qué no el odio, habilitan al analista a leer las coordenadas libidinales del que consulta.
Es desde esta vertiente Preliminar, que podremos asistir al inicio de una dialéctica amorosa, donde las posiciones de amado y amante circulan entre los partenaires analíticos. Esto es, que durante el transcurso –tiempo cronológico- del encuentro con el otro hay algo –familiar y ajeno- que tendrá que ser localizado, horadado, restado y transferido a ese otro, que por la sola efectuación de esa transferencia, resulta ubicable como Otro. Es por esa Cesión de goce y la demanda que conlleva, que el pequeño otro se transforma en sostén y semblante del objeto, encausando la función del deseo del analizante. Economía libidinal, desplazamiento, transferencia de una especie del objeto –de uno al Otro- que nos recuerda la célebre frase de Freud “el niño sacrifica sus heces al amor de la madre”.
Posibilidad entonces de trocar una parte del narcisismo a través del canal amoroso, en pos no sólo de un saber sino de otro goce por venir. El pasaje de uno a otro tiempo es sólo sostenible gracias al deseo del analista, que sería eficaz no faltara a la cita. Cuestión a develar y trabajar muy fuertemente en el análisis del analista.
4 - Sobre el amor de Transferencia: Articulación del Saber a la Demanda, gracias a la pulsión.
Sabemos que para que exista psicoanálisis, marca distintiva es la vertiente simbólica de la transferencia; y para ello requerimos no sólo de la existencia del inconsciente sino de la tolerancia de un sujeto a poder descentrarse del saber. Como vemos, ninguna de estas condiciones están desde el inicio. Por ello hablamos de un trabajo de entrada.
Será por la repetición en los senderos pulsionales del sujeto que el analista pueda ir conteando cuál o cuáles son los puntos de amarre de ese humano a sus objetos libidinales, fijación cuyo goce lo une al Otro, siendo ese mismo goce el que nos permitirá tramitar la separación. Corte y empalme sobre otra superficie, superficie amorosa de la transferencia, vía regia hacia la posterior construcción del montaje fantasmático.
No siempre un sujeto está dispuesto a arriesgar una pregunta y menos aun avanzar en privaciones de goce. ¿Por qué un sujeto querría decidir avanzar hacia el infierno? ¿Sólo porque el final del camino promete paraíso? Dejo abierta la cuestión.
Es decir, que una entrada en análisis requiere del lado analizante, de: la experiencia del inconsciente, el tiempo cronológico del encuentro con el otro permitiendo escenificar la repetición, el deseo de saber, la instalación del amor de transferencia. Pero lo que hace diferencia es lo que Lacan denomina “demanda de verdad”, esto es, que el sujeto esté advertido de esa porción de goce que lo habita, que es a causa del Otro pero es suyo, y fundamentalmente que se decida a interrogarlo. Por el lado del analista, la entrada en análisis requiere que se haga presente su disposición a dejarse tomar por la transferencia, esto es, a suspender su goce para no ceder en su deseo. Posición de semblante de objeto, vacío central de la experiencia del análisis, máxima función a resguardar.
5 – Acerca de una entrada.
Una joven a quien llamaré Martina, llega a mi consulta habiendo pedido una derivación a la analista de una amiga. Tenía por entonces 21 años, y era uno de los mejores promedios de la facultad de medicina, tema que si bien no le molesta, por alguna razón la inhibe. Cabe destacar su semblante, una bella joven con algún sobrepeso, cierto descuido en el arreglo y un esbozo bizarro de sonrisa en el rostro.
En su primera entrevista además de aquellos datos, me relata dos cuestiones: se quedó fuera del grupo de amigos de la facultad, porque todos se habían puesto de novios, y ella no. Jamás tuvo novio y le preocupa. Y por otro lado, que su padre (separado de su madre cuando ella tenía 11 años) quiere que dada su mayoría de edad, firme la patria potestad de su hermano mayor –fruto del primer matrimonio paterno- con diagnóstico de autismo. Al declararlo discapacitado, su padre quiere que ella firme “por las dudas”. Martina rompiendo en llanto dice: “Me siento muy responsable de todo, él también quiso que firmara las cuentas del banco, por las dudas”.
Intervengo interrogando la cuestión de su hermano. No sólo que el joven tiene padre –hombre joven y sano- sino que también tiene madre –supuestamente en funciones. La mayor parte del tiempo se hacía cargo de él, la abuela paterna, fallecida dos meses antes de la consulta. En este punto del relato, llorando dice: “No sé por qué me pongo así, porque no tiene nada que ver, pero me acuerdo de un accidente de hace tres años, iba cruzando una avenida y un viejo me atropelló. Estuve diez días en terapia intensiva, me operaron dos veces, me pusieron y sacaron un clavo, y otra vez sin poder caminar. Yo no quiero hablar, porque hubo un juicio (rompe en llanto) no quiero hablar del juicio”.
Le digo que se tranquilice, ya que nada la obligaba a hablar de ningún juicio que ella no quiera emitir, pero que era evidente que la sobrecarga de responsabilidad la deja clavada en la calle, fuera de circulación de sus grupos habituales.
Cede la crisis y llora por unos cuantos minutos, aclarando que nunca lloró delante de nadie.
Entrevistas posteriores me informan de su mito individual. Padres matemáticos universitarios, divorciados, de escasas relaciones sociales, profesores de oficio, para los cuales –lamentablemente no sólo para ellos sino fundamentalmente para Martina- el amor es un concepto. Practicable por el padre y repelido por la madre. En su novela familiar, una pareja y una familia, son sólo ficciones de la vida que los adultos actúan cuando sus ocupaciones universitarias se lo permiten.
El estilo enunciativo de Martina oscila entre la tímida autosuficiencia y un velado descrédito de sí. Primeriza en cuestiones analíticas, y no siéndole fácil el armado de preguntas sobre sus textos familiares, me encuentro interviniendo fundamentalmente desde cuerda imaginaria hasta que el esbozo transferencial se hiciera lazo. Para ello, era necesario que advirtiera afectivamente, quiero decir en la escena transferencial y así le fue señalado; que poder equivocarse, poder decir que no, poder no gustarle alguien y principalmente no gustarle a alguien, eran opciones de la vida, válidas para todos y que ella no constituía excepción alguna.
Transcurrieron algunos meses durante los que Martina demandaba mi mirada como aval del “Para todos”, soporte de la función castrativa, que legitimaba como desamparo la soledad en que su madre la dejaba “compartiendo responsabilidades” en la casa. Cuando de lo que se trataba era de hacerse cargo de su hermano menor cuando aquella viajaba al exterior por cuestiones académicas. Por el lado paterno, se hallaba también huérfana de mirada y presencia paterna: poco frecuente en su infancia y menor aun en su adolescencia.
A un año aproximadamente de la consulta, Martina discurre a la manera de epígrafe, un pedido: tenía que hacerme una pregunta pero no se animaba, argumentando aburrirme con las mismas cuestiones de siempre. Con mucha vergüenza y tomándose por pesada, dependiente e insegura, me pregunta cuál era mi opinión sobre qué privilegiar a la hora de elegir el hospital en que cursaría el resto de su carrera. Cabe destacar que primera en el orden de méritos tenía el derecho de elegir lo que en código universitario se consideraba el mejor lugar y recibida por una de las mayores autoridades de la Facultad –amigo del padre- un comentario del tipo “Ya vas a ver, cuando curses en el Hospital X, los programas y la exigencia... no vas a tener tiempo para nada”.
Habituada a servir de sostén a un viejo, se repite una escena de atropello, pero esta vez es ella, la que por las dudas, sabiendo que no está sola y que no me tiene que sostener ni obedecer, trae la sobrecarga de responsabilidades como tema a ser trabajado y medido por la vara de sus derechos, como tantas veces me fue necesario indicar.
“No siempre un juicio autorizado dice la verdad de tus aspiraciones, Martina. Vos, qué querés?” Broche transferencial, confianza cedida, alojada por la analista y habiendo leído el pedido como demanda, le comunico los efectos salutíferamente refrescantes de preguntar si podía apoyarse en sus derechos; señalándole que había logrado abogar por ella, iniciando así, otro jalón en la dirección de su análisis.
* Psicoanalista Miembro titular del Circulo Psicoanalítico Freudiano, Docente del Postgrado de psicoanálisis de la Escuela del Circulo Psicoanalítico Freudiano. E-Mail: selva@ciudad.com.ar
** Trabajo que representó al Circulo Psicoanalítico Freudiano en el Plenario sobre “Historia, trauma y repetición” en el marco del 1º Congreso Argentino “Psicoanálisis, Lazo social y adversidad”
Referencias:
1- Psicología de las Masas y análisis del yo. S. Freud.
2- El Porvenir de una ilusión. (1927) Volumen 21. Amorrortu. S. Freud
3- Idem anterior
4- Seminario 11.La excomunión. J.Lacan
“Nos encontramos bajo el signo del progreso. Y yo reconozco el progreso como lo que es - un decorado cambiante. Permanecemos .... hacia delante, y avanzamos .... en el mismo lugar. “ Cita de Karl Kraus (1909): Der Fortschritt (El Progreso)
5- El goce. Nestor Braunstein
Siglo XXI
* Psicoanalista – Miembro de la Escuela Freudiana de Bs. As.
mabarilari@arnet.com.ar